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La ANACRÓNICA: El sarape dorado

México gana su primera Copa Confederaciones en 1999 (Foto de Mexsport).

México gana su primera Copa Confederaciones en 1999 (Foto de Mexsport).

Por HÉCTOR QUISPE
Sin artificios, con pura testosterona, porque de esta al mexicano le sobra, el Tri se quitó el sarape que tantas veces cubrió su rostro, para tenderlo sobre el orgullo brasileño, pasar ahí por la medalla de oro y correr la vuelta olímpica, esa que tanto se extrañaba aunque nunca se había tenido.
En la tarde del 5 de agosto de 1999, el ‘Equipo de Todos’ debía jugar la primera Final de un torneo oficial de selecciones mayores, aunque fuera en casa –¡qué importa, maldita sea!—. Fue una marcha cuesta arriba. Los duendes que visten de oscuro parecían sentenciar antes de tiempo a una escuadra que sufrió la acusación de dopaje de sus mediocampistas Rodrigo Lara y ‘Tilón’ Chávez, el primero por su presunto consumo de esa hormona que producen las gónadas masculinas, que cuando son naturales a veces juegan más que las piernas sobre una cancha. Al final serían absueltos en las contrapruebas químicas y en la memoria colectiva.
México hizo a un lado sus tapujos, se atrevió a desnudar su corazón para poder exhibir la sangre de sus mejores armas futbolísticas, las que estuvieron atrapadas en proceso de crecimiento durante todo un siglo. En una página historia que significa un complejo menos, se escribió sobre el Estadio Azteca el triunfo contundente, a lo macho, sobre el poderoso segundo equipo de Brasil y al que su tradición ganadora fue reducida a ese 4-3 impecable, mágico e inolvidable.
Nunca abajo del alma, siempre arriba del Scracht que ayer dejó de ser “do Oro” para ser de los mexicanos y tuvo que conformarse con la plata. Y sobre el sarape el coraje mexicano se explayó con abundancia desde el arranque donde se puso 2-0 ardiente que evaporó la lluvia sobre el cielo de Santa Ursula. La “bestia” despertó con un alcance momentáneo, para que el espíritu combativo del Tri gritara su aplomo y empujara con el tercero y el cuarto… del clímax.
Nunca antes había marcado tanto cuero sobre Brasil y lo hizo ayer en la Noche Alegre, que tanto esperó infructuosamente en su época el conquistador Cortés, porque la historia es terca y sólo permite de vez en cuando desplantes como el de ahora.
Sobre el sarape bailó el jarabe tapatío, el ídolo Cuauhtémoc Blanco, uno de los líderes romperredes del evento que ahora, y en todo su palmarés, opacó a Ronaldinho… El ábitro sueco Anders Frisk encerró en su silbato el momento histórico.
Uno a uno los jugadores mexicanos, desde Blanco al capitán Claudio Suárez desfilaron para que el presidente de la FIFA Joseph Blatter pendiera sobre su cuello esa presea, otrora de los dioses del Olimpo y a partir de ayer terrenal y charra.
Suárez levantó la Copa e inició la vuelta olímpica sobre el sarape que se desprendió del campo ante el júbilo del jugador 12, en la noche que se debe tatuar en el almanaque nacional como un día festivo. “Ay, ay, ay, ay ay, canta y no llores…” el fondo musical cuando se cerraba el rectángulo tras la marcha triunfal y otro muy querido, el arquero Jorge Campos, puso el alto, tomó la Copa, se adelantó un poco y la depositó en el suelo. En seguida ordenó: “¡Es nuestra!” y en desbandada los 20 guerreros aztecas se lanzaron a su base.
Sí, siempre hay una primera vez, aunque también se trate de futbol.
(Texto enriquecido de la crónica publicada por Héctor Quispe en el Diario Reforma, 5 de agosto de 1999)