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MI ENCUENTRO CON EL ‘CONFESOR’

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Por HÉCTOR QUISPE

Una parálisis le afectaba el rostro y su sistema nervioso, producto de una patada que recibió en un partido de futbol y que le afectó la médula espinal, para trasladarlo a hacia el campo de su peor batalla.

El golpe le provocó una enfermedad degenerativa y aquel bastión de 80 kilos de peso y más de un metro 80 de alto estaba reducido en peso y tamaño físico a dos tercios de su versión original. Sin embargo, el mal no tocó alma ni corazón.

Entrevisté a Miguel Ángel Cornero ese mediodía del 9 de septiembre de 1996. O sea que ya vamos para 16 años del encuentro aquel, con este hombre que hizo época con su enorme melena y reciedumbre que le hacían ver fuera de la cancha con pinta de galán de cine, y dentro de ella como el más salvaje zaguero de los años 70 con América y Cruz Azul,  que le valió adquirir un mote singular.

El legendario cronista deportivo Ángel Fernández lo bautizó como El Confesor, porque ante sus pies quedaban postrados los más soberbios atacantes de la época.

Pero me tocó entrevistarlo para el diario Reforma cuando él era un anciano de 44 años, carcomido por un tipo de parálisis cerebral progresiva que controlaba como podía con un arsenal de medicamentos.

Estaba afectado de los movimientos faciales y su sistema de coordinación nerviosa, que le lesionó de forma irreversible su capacidad para hablar, lo que conseguía con mucha dificultad.

“Sigo vivo gracias al ‘enano’ que llevo dentro de mí, porque me hace daño pero a la vez me mantiene alerta porque lucho contra él día y noche, y no descansaré hasta vencerlo. Cuando me ataque (peor) haré uso de mi derecho de réplica”, balbuceó.

La clase nunca la perdió. Siempre acudía a las instalaciones de La Noria, portafolios en mano, enfundado en traje y corbata impecables.

“Cuando uno ha recibido tanto del futbol, lo menos que puede hacer es agradecerle. A mí ya me ha cobrado fuerte pero, aún así, seguiré siempre endeudado y debo sonreír”, y muestra su brillante dentadura tras un esfuerzo gigantesco, “estoy metido en esta pelea desde hace cinco años, pero no puedo volverme atrás. Falta el segundo tiempo de este partido y tengo, más que nunca, la confianza de ganar”.

Cornero nació el 12 de marzo de 1952 en Rosario, Argentina, donde desde pibe lució sus dotes de ambidiestro en las “cascaritas” de la barriada.

Por su rudeza innata, siempre fue elegido para defender al equipo. Fue stopper o líbero, aunque su amplio dominio del campo le hacía volcarse también como medio de contención. En el futbol de paga, comenzó jugando para el Morning Stars, filial del Rosario Central, a los 16 años.

Sus portentosas cualidades le hicieron ascender al primer equipo al inicio de los años 70, donde alternó con una gran generación de futbolistas, liderada por el gran atacante Mario Alberto ‘El Matador’ Kempes, aunado a elementos como Silvio Fogel, Eduardo Solari, Carlos Aimar, El ‘Oso’ Ferrero, Daniel Astegiano, todos dirigidos por Carlos Timoteo Griguol, a quien definió como su maestro, al igual que a Jorge ‘Indio’ Solari, quien era su auxiliar.

“Me hubiera gustado ser como el caballero alemán Franz Beckenbauer, pero nací en Argentina. Me formaron para pelear. El equipo donde surgí era una máquina para ganar, donde sabíamos que el día donde no lo conseguíamos era pagar las consecuencias de ser relegado en el banquillo y, al partido siguiente, no jugar.

“Ese Rosario era un grupo tan ganador que de todos quienes ahí militamos no hubo nadie que haya salido malo como deportista o ser humano. El equipo ganó todo, menos la Libertadores, donde caímos en la Semifinal”, repasa en el filme blanco y negro en su memoria.

Hijo de padres comerciantes dedicados a vender la cerveza Quilmes, le hubiera gustado ser químico o contador público, pero el arrebato por el futbol fue más poderoso.

Nunca fue convocado a la selección mayor de Argentina, aunque sí a nivel estatal y juvenil sub-21. Cornero llegó en 1974 a México para el América, a la edad de 21 años.

LE ‘COBRA’ EL FUTBOL

“Fue en un cuadrangular en Los Angeles”, rememoró Miguel Ángel, “donde participaron el América —escuadra a la que yo defendía—, el Cruz Azul, Atlético Mineiro y el Benfica, que en ese entonces era el mejor equipo del Mundo y donde estaba un personaje ‘discreto’: Eusebio”.

Es difícil definir el secreto de tanto coraje del ‘Confesor’, así como su ambición por ganar a como diera lugar o el porqué de tanta entrega quizá se haya debido a la pasión de los jugadores de ese tiempo y por algún ‘premiecillo’ económico.

“En ese torneo nos habían prometido 500 dólares en caso de triunfo, imagínate cómo no íbamos a darlo todo”, y escapa una débil carcajada.

De repente, ironías del destino, en el partido contra Cruz Azul, que sería su segundo equipo en México, sucedió una épica trifulca que contribuyó para que se bautizara este duelo como clásico joven del futbol mexicano, aunque esta edición fue sobre suelo estadounidense.

“Tras una bronca general, de repente sentí un golpe en la cabeza, caí y sentí otros muy fuertes en la espalda ya en el suelo… no recuerdo más. Desperté en el sanatorio el mismo día en que América debía disputar el partido decisivo ante el Benfica y tuve que escaparme del hospital y me aceptaron a jugar, aunque caímos finalmente 3-2.

“Esa vez, adivinen a quién me tocó marcar, a Eusebio, a quien tratar de anular era tan difícil como agarrar a un pez sobre el agua”.

Pero Cornero siguió jugando. Duró casi cuatro campañas con el América y en 1977 llegó a la Máquina, que le ofreció un mejor contrato, gracias al cual pudo traer a sus padres a vivir al País. Con Cruz Azul logró los dos últimos Títulos de Liga del club hasta el momento, aquel bicampeonato de 78-80, y salió en 1982.

En la campaña anual 1983-84 actuó en el Toluca, donde realizó una de las mejores primeras vueltas de este equipo en su historia que los llevó a ganar el simbólico campeonato de invierno, aunque después se desinfló por el “conformismo”. En ese año, la tristeza por la muerte de su padre lo llevó al retiro.

“Cuando dejé de jugar tuve molestias en la columna. Tengo una atrofia en la médula ósea, entre la quinta y sexta vértebras cervicales, que me afectó el plexo braquial”, y trataba de explicar revolviéndose en su asiento, “no es culpa del futbol ni de nadie. De este deporte nadie se va limpio, es muy raro que así suceda”.

LA FE DEL CONFESOR

Tras leves molestias que aparecían de vez en cuando, en 1991 le diagnosticaron que padecía una enfermedad incurable con un año y medio de deterioro. Nueve años atrás tuvo una intervención quirúrgica.

“Tan mala suerte me jugó el destino que un día después de que fui operado se realizó un descubrimiento en la historia de la medicina que hubiera evitado cualquier intervención: la resonancia magnética.

“Aún así no culpo a lo médicos que me atendieron, porque hicieron todo lo posible por mí”.

El ‘Confesor’ fue después empleado del Cruz Azul, donde no cumplía con un cargo fijo,  pero siempre era requerido para dar su opinión sobre los prospectos juveniles.

Decía que era tratado por el centro de Neurología del Seguro Social con una técnica especial proveniente de Francia, y catalogado como el primero en el mundo para combatir este mal.

“Mi mente, mis ganas de seguir viviendo, de ser útil a la sociedad, me han ayudado. Tengo mejor vida ahora, porque soy más consciente. No me quiero quedar abajo, tampoco trepar en nadie. Mi enfermedad está controlada.

“Mi vida está en mis ojos y en mi trabajo en Cruz Azul, donde permanezco apegado a una doctrina limpia dentro de la Cooperativa, donde recibo un apoyo que no tiene límite, tengo contacto permanente con todo el mundo”.

Y es que a los 44, aunque caminaba lento mientras el viento agitaba sus madejas de cabello platinado, Cornero era aún la misma fiera con hambre de victoria, sólo que el campo de juego cambió.

“Sigo haciendo mi vida normal”, dijo Miguel Ángel, quien tenía las fuerzas para conducir diariamente su automóvil, aunque en la carretera, prefería acompañarse de un chofer.

Y no bromeaba. En ese tiempo, este servidor no tenía vehículo propio para trasladarse y como era un poco tarde, con su sonrisa vibrante, Miguel Ángel ofreció: “Andá pibe, deja que te lleve al metro”.

Era difícil pensar que manejara su coche quien no podía controlar ya la mayoría de su movimientos, pero su guiño puso la confianza necesaria.

Algo mágico sucedió. Sobre ruedas, Cornero parecía correr con la elegancia y donaire que le caracterizó sobre la grama, siempre con la cabeza levantada, siempre con el esférico cocido al pie, antes de largarlo fuera de su territorio.

—El Confesor… ¿debe confesarse?

“De lo único que me arrepiento en la vida es de algunos golpes que nunca debí dar”, comentó el argentino que se siente también azteca, pues se casó en 1984 con una mexicana, Patricia González, madre de sus tres hijos, Carlos, Miguel Angel y Andrea, de 10, 8 y 4 años, respectivamente.

El ‘Confesor’ nunca perdió la fe. Lo demostró al emplear toda su voluntad para besar una pelota, su aliada de toda la vida, la que le entregué para “la foto de la tapa” de sección deportiva que yo mismo le tomé.

“El balón es un catecismo para mí. ¿Tú has visto acaso a alguien romper un balón a propósito? Tampoco sucede con el catecismo. Al igual que este, el balón es un medio que encierra tanta vida y misterios que contienen el milagro de poder hacer feliz a una nación, al mundo entero”, me dijo tras posar con la mirada enrojecida. Ese balón le otorgó inmensas alegrías, pero también lo puso en una pelea durísima.

Miguel Ángel Cornero se fue de esta vida el 20 de noviembre de 1999, y justo ahora en estos días de marzo cumple —sí, en tiempo presente— 60 años de una edad que no se detendrá.

El ‘Confesor’ derrochó con dignidad la misma entrega que mostró en las canchas en el segundo tiempo más difícil de su vida. Pero hay quien dice que en algún lugar puede existir, para algunos, un periodo de alargue infinito. (Publicado en marzo de 2012 en http://www.laciudaddeportiva.com/60-anos-de-cornero)

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¿QUIÉN ES HÉCTOR QUISPE?
Periodista Corresponsal de ESPN.com Los Ángeles; Consultor en comunicación integral y negocios, dentro del ámbito deportivo. Director general de la empresa CID, Comunicación Integral para el Deporte. MBA en Dirección y Gestión de Entidades Deportivas, por la Universidad Europea de Madrid, de donde es catedrático en la UVM Santa Fe.

ANIVERSARIO 47 DEL AZTECA: EL COLOSO QUE MERECE REVIVIR

Por HÉCTOR QUISPE

Sus palabras parecían lapidarias sobre aquella arena bajo vientos menos turbulentos.

“No hace falta otro estadio de futbol en la Ciudad de México, porque ni la afición ni el deporte mismo lo requieren”… Eso me image

dijo hace 16 años el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.

En una entrevista para el periódico Reforma, el mítico creador habló de su obra, al cumplir en ese 29 de mayo de 1996 el aniversario número 30 de su inauguración.

En aquel tiempo se refería al escenario de futbol que pensaba construir el Cruz Azul a un costado de la Ciudad Deportiva Magdalena Mixuhca, proyecto del que el presidente del club cementero, Guillermo Álvarez Cuevas, aseguraba que sería propiedad del DF, del País entero, y no de su empresa.

“No creo que la afición lo requiera, no es que se pueda o no construir otro estadio, sino que se deba y se necesite. No creo que lo requiera el deporte mismo. Con el Azteca, el de CU, el antiguo Olímpico, el Azulgrana —dicho así porque en ese entonces el local era el Atlante—, creo que por la afición al futbol y las calidades es suficiente.

“No creo que la Ciudad de México tenga el requerimiento, ante tantas necesidades, de la satisfacción de tener ‘su’ estadio. Ese es un planteamiento que se hace un particular al decir ‘yo quiero tener mi estadio’, pero ¿el Gobierno del DF? No creo que se pueda hacer ese planteamiento”, consideró.

El Cruz Azul estaba por concluir su arrendamiento en el Azteca y buscaba un escenario propio. El ‘Domo Azul’… Así se le conocía al proyecto, porque estaba inspirado en los grandes estadios estadounidenses que poseían una cubierta corrediza. Eran los tiempos de la frontera de Siglo, donde cualquier evento tecnológico de este tipo era tomado como una señal apocalíptica. Cualquier pensamiento conservador se oponía a un cambio drástico. Ramírez Vázquez era uno de esos conservadores.

El también autor de la Basílica de Guadalupe, los Museos de Antropología y de Arte Moderno, y del Estadio Cuauhtémoc, explicaba que puede resultar muy pretencioso elaborar un estadio.

“La vanidad de tener un estadio… Las vanidades son malas siempre, pero en un gobierno, pues más. ¿Usted cree que tiene que ser ‘de la Ciudad’? ¿Qué beneficio trae que la Ciudad sea propietaria del estadio?

“¿Qué la Ciudad debe tener ‘su estadio’, ‘su cine’, ‘su circo, ‘su teatro’, eso es cómico?”, comentó sonriente, mientras giraba de un lado a otro la cabeza, descalificando cualquier cosa que significara una afrenta a su estabilidad.

Sin embargo, Ramírez Vázquez terminó reconociendo que ya dependía de los propósitos particulares planteados en la realización de un estadio de uso múltiple, para concederle alguna probabilidad de éxito.

“Ya son cuestiones de otro tipo de inversión y de uso que pudiera tener, tal vez una instalación de uso múltiple, para otro tipo de espectáculos, pudiera dar condiciones diferentes.

“Pero ¿qué factibilidad hay para cubrir ese costo? Técnicamente se puede hacer todo; la realidad hace poner los pies en la tierra”, acotó.

Ramírez Vázquez me miró fijamente a los ojos como escudriñando argumentos en el reflejo de mis pupilas. Y tras una pausa larguísima de tres segundos, me dio su conclusión de que lo importante era el servicio que se le da al habitante de la Ciudad, como el brindado adecuadamente por la catedral del futbol mexicano durante 30 años.

“Habría que esperar otros 30 años para ver si se supera”, me dijo y me dirigió de inmediato la mano para estrechársela en intempestiva despedida.

DE LO SUBLIME A LO OBSOLETO

No han pasado otros 30, pero sí 16 años más de la presencia de un inmueble que ha cumplido con su naturaleza de proveer felicidad al balompié mundial.

Es cierto que aún no impacta el firmamento capitalino un estadio diferente al Azteca, al Azul y al Olímpico Universitario, aunque en otros lugares de la República ya aparecieron el TSM Corona de Santos Laguna y el Omnilife de Chivas, para dotar de funcionalidad y de una ilustración moderna la arquitectura deportiva de México.

Pero hay cosas que definitivamente cambiaron. El Azteca ya sólo se llena de tres a cuatro veces al año, solamente en algunos partidos del Tri o en los cotejos del local América, según como éste ande y si avanza o no a la Liguilla.

La venta de esquilmos, uno de los rubros importantes en el ingreso al estadio, resulta una batalla perdida hoy por hoy.

Por si fuera poco, la imagen del Coloso está descuidada. Los famosos tours o visitas guiadas son una vergüenza. Gente que no está capacitada siquiera con el conocimiento básico de la grandeza de un edificio histórico ‘guía’ en el recorrido a estudiantes de diferentes escuelas, sin importar si son universidades o primarias, sin dotar de elementos de juicio y explicaciones que puedan ilustrar a las nuevas generaciones de sobre la trascendencia del Coloso de Santa Úrsula.

Este servidor ha comprobado con tristeza lo anterior en diferentes oportunidades el último año, al enviar a mis alumnos a diversas prácticas académicas.

Lo primero que se aprecia en esta visita es lo deteriorado que se encuentra: Goteras aunque no llueva, cuarteaduras a lo largo y ancho de la estructura, baños en cuyas instalaciones donde predominan el óxido y el abandono.

Debo aclarar que no todo es negativo. Las relaciones públicas y la comunicación externa son excelentes; el cuidado de la grama sagrada es lo que mejor se realiza, con tecnología de Primer Mundo, en un trabajo de ingeniería las 24 horas al día, bien dirigido por el arquitecto Raúl Barrios y coordinado por el director Alejandro de Haro. Pero ¿y todo lo demás? La falta de presupuesto es evidente.

Da la impresión de que a los 46 años el Azteca padece una vejez prematura porque su dueño, Televisa, ha querido distribuir sus recursos en otro lado.

Este gigante es mucho más que un escenario cinco veces mundialista, mérito que sólo un estadio en el mundo puede presumir, tras albergar dos Mundiales de Mayores, uno juvenil Sub 23, uno infantil y otro de damas.

Es también un templo de emociones, un cofre de remembranzas y la casa de la pasión mexicana. En suma, un museo vivo que merece las mejores atenciones.

No se trata de proteger un mausoleo o sepulcro suntuoso, sino de enaltecer su leyenda regresándolo a la vanguardia.

¿Qué tendría que pasar? Les pongo el mejor ejemplo. Cuando el Viejo Wembley, denominado la Catedral del Futbol Mundial, por Edson Arantes Do Nascimento ‘Pelé’,  quedó rebasado por la modernidad y sus funciones esenciales fueron desapareciendo dentro de la vorágine de las tendencias de explotación comercial y sociales del deporte actual, entonces se tomó una valiente decisión. Tuvo que demolerse en el 2002, tras 79 años de existencia gloriosa.

En su mismo terreno ‘sacro’ se volvió a edificar el escenario pero con un aforo menor, realmente el que puede sustentar para mantener a la vista de todos un estadio lleno, pero sobre todo más práctico y funcional que acabó de construirse en 2007 bajo un costo total de 1097 millones de euros.

En un trabajo final dentro la Maestría en Dirección y Gestión de la Escuela de Estudios Universitarios del Real Madrid, que cursé entre 2007 y 2009, en la materia de Explotación de Instalaciones Deportivas ofrecí una polémica sugerencia: ‘Rehacer’ el Estadio Azteca, pero ya no para 100 mil personas, sino para un máximo de 70 mil con todas las comodidades. Cabe decir que casi fui linchado por algunos compañeros.

La realidad es que quienes amamos el futbol queremos que el hogar de la Selección Mexicana sea un estadio que no se encuentre fuera de uso, como es el significado literal de la palabra “obsoleto”. Deseamos un Azteca siempre majestuoso… Aunque sea ‘nuevo’. (Colaboración para la CiudadDeportiva.com, 2012)

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¿QUIÉN ES HÉCTOR QUISPE?

Periodista Corresponsal de ESPN.com Los Ángeles; Consultor en comunicación integral y negocios, dentro del ámbito deportivo. Director general de la empresa CID, Comunicación Integral para el Deporte. 

MBA en Dirección y Gestión de Entidades Deportivas, por la Universidad Europea de Madrid.